Estemos Orgullosos!

Photo by Tristan Billet of Unsplash

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Por: Mariana García Jimeno** - Contribuyente

Este mes se conmemoran los cincuenta años de las revueltas de Stonewall y se lleva a cabo el mundialmente famoso pride parade. Este día es muy significativo para algunas personas, para otras no significa nada. Muchos saldremos de nuestras casas para hacer parte de las marchas. Otros lo consideraran un momento banal y nada más que una moda pasajera. Otros incluso se atreverán a decir que es una estrategia de marketing de las marcas. Pero la verdad es que hay muchas razones para estar orgullosos y celebrar la diversidad, el amor y el salirnos de los libretos que nos ha impuesto la sociedad. 

Mi forma de celebrar este mes tan importante es contarles cómo mi feminismo heterosexual y cisgénero ha sido de-construido y vuelto a construir gracias al trabajo que he desempeñado con población LGBT, resumido en las cuatro lecciones que explicaré más adelante.

Nací y crecí en Colombia. Mi país ha librado una guerra interna de más de cincuenta años y en e 2016 el gobierno firmó un acuerdo de paz con la guerrilla más grande. Mi trabajo del último año como parte de Colombia Diversa, una organización que trabaja por el avance de los derechos de personas lesbianas, gays, bisexuales y trans, fue documentar casos de graves violaciones de derechos humanos cometidas en contra de personas LGBT en las zonas más golpeadas por la guerra, lo cual implicó viajes a lugares muy apartados de la ciudad capital.

Así fue como a través de mi trabajo pude conocer mujeres y hombres que se identifican como parte de la comunidad LGBT y a sus familias. Personas que en general viven en condiciones económicas muy difíciles y han sufrido muchas formas de violencia y opresión.

Así, hablé con madres que perdieron sus hijos a causa de la guerra y aquí la primera lección: lo que la maternidad es. El feminismo me enseñó que hay muchas respuestas a esta pregunta dependiendo de quién la lea. Una feminista cultural me diría que la maternidad es quizás el proceso más importante por el que una mujer puede atravesar y que la sociedad debe reconocer su importancia y desplegar las medidas necesarias para su protección. En términos muy básicos, una feminista cultural estaría de acuerdo con decir que el amor de madre es natural e incondicional y está por encima de todo. Por el otro lado, una feminista liberal defendería la idea de que la maternidad será o no un proceso importante para la mujer en la medida en que esta esté en libertad de escoger si quiere o no ser madre en igualdad de condiciones a los hombres, lo cual depende principalmente de tener poder de decisión, derivado de una independencia económica. 

Sin embargo, aprendí que la maternidad puede ser un proceso elegido libremente o impuesto por la sociedad a cualquier persona sin importar si esta tiene la capacidad de gestar un embarazo y traer una persona al mundo. El amor es una forma de sentir tan inexplicable que pude ver cómo mujeres trans y hombres gais cuidaron de personas trans, gais y lesbianas que habían sido rechazadas por sus familias biológicas simplemente porque la solidaridad es un sentimiento que mueve a muchas personas. Luego pude atestiguar cómo estás personas se convirtieron en sus madres y padres socialmente y los protegieron sin importar lo que eso podía significar. 

El amor es una forma de sentir tan inexplicable que pude ver cómo mujeres trans y hombres gais cuidaron de personas trans, gais y lesbianas que habían sido rechazadas por sus familias biológicas simplemente porque la solidaridad es un sentimiento que mueve a muchas personas.

Igualmente, pude ver cómo las madres podían encontrarse en la encrucijada de amar profundamente a sus hijos y preocuparse por ellos, pero al mismo tiempo constantemente pelear con lo que significaba ser madre de una persona LGBT. La sociedad ha impuesto unas cargas sobrehumanas sobre los hombres de las madres y sobre todo en zonas rurales ultramachistas del país, a las madres se les culpa de por vida por haber traído un “desviado” al mundo.

Con eso en mente, mi segunda lección: Lo que la familia es. No es un secreto para una mujer feminista, el hecho de que la familia no es el paraíso que la sociedad y la religión nos ha tratado de vender. La familia es un lugar lleno de violencia, y por lo mismo, existen normas que castigan la violación marital, la violencia doméstica, el incesto, entre otros. Esta violencia en muchos casos se recrudece dentro de las familias biológicas y por eso en la comunidad LGBT es muy común la conformación de familias sociales, esas familias de personas que han atravesado por procesos de exclusión similares y que crean tejidos de solidaridad y cariño asimilables a lo que consideramos como una familia tradicional, incluso con roles de cuidado y de proveedor establecidos. Sin embargo, también entendí que muchas veces estas familias biológicas solo pueden lidiar con tener un miembro LGBT en la familia a través del rechazo porque como sociedad nos hemos encargado de perpetuar un lenguaje negativo y despectivo para hablar de las personas LGBT, y este se convierte en el único lenguaje disponible para denominar lo que están viviendo.

Así es como en la importancia del lenguaje y de los conceptos radica mi tercer aprendizaje. Desde la academia hacemos incalculables esfuerzos por teorizar sobre lo que es la identidad de género, lo que significa la orientación sexual y el alcance de la expresión de género y así con muchos otros conceptos que nos permitan entender la realidad en que vivimos. También luchamos día y noche para que cobre más importancia el movimiento del “body positivity” para que las mujeres acepten sus cuerpos y reten los cánones de belleza femenina actuales. Juzgamos de forma negativa aquellas personas que se realizan cirugías estéticas o procedimientos más artesanales para ser más voluptuosas o más delgadas, precisamente porque perpetúan estándares de belleza inalcanzables para la mayoría. Pero aquí va la moraleja: el género lo es todo y no es nada al mismo tiempo, deberíamos poder hacer de nuestro género lo que queramos. El género es un devenir constante y lo cierto es que estas categorías no significan nada para las personas que han experimentado sus vidas sin contar con un lenguaje que les permita expresar lo que sienten. Sirve de poco o nada saber que el género es una construcción social, que una mujer no nace sino que se hace; cuando tener un cuerpo perfecto y que se ajuste a los cánones de lo que debe ser una mujer, es la única forma en que una mujer trans se siente parte de la sociedad y al mismo tiempo logra reducir el riesgo de ser un blanco para la violencia y la discriminación.

que todos podemos ser quienes queramos ser, que en este mundo hay espacio para todos sin importar cómo nos vemos, nos sentimos o a quién amamos.

Ahora bien, en esa ausencia de un lenguaje que las personas puedan usar para describir sus experiencias de vida, las personas buscan alguien con quien no deban usar palabras para describir lo que sienten y lo que viven. Y es aquí donde está mi último gran aprendizaje: la religión es un lugar de opresión para muchos, sí, de eso no cabe duda, pero al mismo tiempo la existencia de un ser supremo es para muchas personas la única esperanza de conexión con alguien más en esta sociedad egoísta e individual en la que vivimos. La constante contradicción entre ser juzgado pero escuchado y perdonado es un alivio para el sufrimiento que caracteriza las vivencias diarias de estas personas.

Cada una de estas lecciones me da una razón para querer celebrar este mes del orgullo y salir a las calles el día de la marcha a gritar muy alto. Primero, gritar que ser gay, lesbiana, trans, queer, intersexual o cualquier otra forma en la que una persona se reconozca a si misma, es parte de la maravillosa diversidad humana y que no hay nada de malo en ello, mucho menos, que hay algo por qué sentirse culpable o alguien a quien echarle la culpa. Segundo, que todos podemos ser quienes queramos ser, que en este mundo hay espacio para todos sin importar cómo nos vemos, nos sentimos o a quién amamos. Tercero, gritar que las personas LGBT no están solas y que somos muchos más los que están dispuestos a escucharles y amarles sin ningún pero.

Y así, concluyo diciéndoles que el día del orgullo no es un día vacío, no es una simple moda. Es el día en que tenemos la oportunidad de gritar tan duro que nos puedan escuchar todas las personas que se han sentido avergonzadas o excluidas alguna vez en su vida por tener una orientación sexual o identidad de género diversas diciendo estamos ORGULLOSOS de cada uno de ustedes.

**Mariana García Jimeno es abogada de la Universidad de Los Andes con una Maestría en Derecho de Harvard Law School. Actualmente trabaja como abogada en Colombia Diversa y como Profesora de Cátedra en la Universidad de Los Andes.

*Encuentra aquí la versión del ensayo en Inglés.

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Salome Gomez Upegui