Ser Mujer en la Isla

Por: Mariana Sanz de Santamaría - Contribuyente

Foto cortesía de Mariana Sanz de Santamaría

Foto cortesía de Mariana Sanz de Santamaría

Jamás había enfrentado el ser mujer tanto como en esta isla. Llevo viviendo en el pueblo de Barú un año y medio como profesora con el programa Enseña por Colombia. Acá fue la primera vez en mi privilegiada y cómoda vida de ciudad, que cuestioné mis capacidades y me sentí realmente limitada solo por ser mujer.

Para dar un poco de contexto, Barú es un pueblo afrodescendiente en la punta de la isla de Barú al sur de Cartagena. Está rodeado de las playas más hermosas del país, de hoteles, condominios y casas de recreo privadas. Es uno de los más importantes corredores turísticos, por donde entran y salen las personas más poderosas y pudientes del país. Sin embargo, su comunidad tiene una historia de resistencia que choca constantemente con la desigualdad social que lo rodea y los múltiples intereses que convergen en este mismo territorio. No cuenta con acueducto, ni alcantarillado, ni puesto de salud, ni Internet, ni carretera de acceso, ni instituciones estatales y tiene un solo colegio que trabaja con serias dificultades de recursos para educar a más de 700 estudiantes. En este complejo marco social ha crecido una comunidad cuya memoria e identidad se ha tergiversado por influencia de actores externos siendo víctimas de abandono estatal, discriminación, segregación, machismo y asistencialismo, condiciones que han forjado valores desordenados.

Aquí entonces he tenido que lidiar, entre todas estas dificultades del contexto, también con el hecho de ser mujer. Lidiar, sí, porque ha resultado ser más un obstáculo que una característica como cualquier otra. Acá, por tanto, mi feminismo trascendió la teoría, los casos hipotéticos, las redes y la indignación colectiva. Acá mi feminismo dejó de ser de momentos puntuales o de discusiones. Acá no predico ni defiendo; acá el feminismo lo vivo, lo soy y lo entiendo de maneras muchísimo más profundas.

Ser profesora, independientemente del género, es difícil. Es un trabajo cuyo valor y remuneración es inversamente proporcional a su importancia. Llegué con la angustia de que sería la profesora de casi 400 estudiantes, de que tendría que saber manejar muy bien mi tiempo para planear clases efectivas para salones numerosos, acalorados, con pelaos complicados y aprender a ser infinitamente recursiva y creativa. No pensé que ser mujer significaría una mayor dificultad en mi labor docente.

El primer día de clase entré a 10º; un salón de 58 estudiantes. Yo, chiquita, blanca, joven y cachaca pretendía ser la nueva directora de grupo. Después de casi 15 minutos pidiéndoles que se sentaran, me dieran su atención y su silencio; me presenté, ellos se presentaron y uno me dijo “vamoa vé cuánto va a durá usté. Acá las seño’ que llegan no duran”.  Acá que las profesoras mujeres son “seños” y los hombres “profe”, como si nosotras solo fuéramos señoras, sin el estatus de profesoras.

Identifiqué que cada vez que entraba un profesor al salón los estudiantes de repente hacían más silencio, se sentaban mejor y escuchaban con más respeto. Mi frustración diaria para lograr el control del aula no era equiparable a la de un profesor hombre. Tampoco es que ellos lo logren del todo, pero su autoridad al entrar a un salón es significativamente más notable. La respuesta general de los estudiantes ante cualquier instrucción que yo doy en clase es de rechazo, “so qué?” “pá qué?” “Yo no voy a hacer eso” “Yo no hago lo que usté me diga, ud no es mi mae”. Para ellos nosotras no tenemos autoridad. Esto a pesar de que la mayoría de la planta docente seamos mujeres. Mi control del aula, entendí entonces, necesitaría de un esfuerzo extra no solo por la dificultad de la conducta de los estudiantes, sino por ser mujer.

En el pueblo, los roles de genero son profundamente marcados; la mujer pare pelaos, los cría, cocina y hace el aseo mientras el hombre trabaja rebuscándose plata en la playa o como trabajador de los hoteles o casas aledañas, provee la plata para el hogar y se va a beber al picó. Esta es, claro, una generalización para la que hay excepciones; algunas mujeres también trabajan o se rebuscan plata de alguna manera y no dependen económicamente tanto del hombre, pero esas son la minoría. Sin embargo, la mujer barulera es fuerte. Es verraca y grande. Por las mañanas, por ejemplo, son ellas las que salen con tres o cuatro tanques de agua vacíos a llenarlos en la pileta y algunas empujan ellas mismas la carretilla de regreso a su casa con los tanques llenos de agua. Hablan duro, gritan y pelean a puño suelto a la par de los hombres. A pesar de esa aparente fortaleza, son profundamente vulnerables; los casos de abuso sexual son diarios, normalizados e impunes. Están, inconscientemente, sometidas a la voluntad del hombre y son muy pocos los mecanismos de defensa y emancipación que tienen.

Los 15 minutos antes de que acabe la jornada escolar han sido significantes para darme cuenta de ello. Los estudiantes deben hacer aseo de su salón antes de irse a sus casas y suelen hacer un horario para dividirse esa tarea entre todos. Se dividen “igualitariamente” la tarea; los niños arreglan las sillas en filas mientras a las niñas son las que salen a buscar la escoba, barren, recogen y botan la basura del salón. Ha sido todo un desafío lograr que los niños siquiera arreglen las sillas, muchos se niegan pues no conciben la idea de que ellos tengan la responsabilidad de organizar o limpiar algo. Llevo este año y medio intentado alternar estas tareas y normalizar la idea de que el niño puede barrer también. Con esto me he comprado innumerables discusiones que han terminado en groserías e insultos por parte de los estudiantes pues, en efecto, se sienten humillados porque yo, una mujer, les pida barrer. Las niñas en cambio, en automático salen por la escoba, barren, pelean con los niños, no por no ayudarles, sino por seguir botando basura mientras están barriendo y poco cuestionan -cuestionaban- ese orden de las cosas. Hoy, con orgullo, puedo decir que sí lo hacen un poco más.

En recreo, por ejemplo, el único patio del colegio lo dominan los hombres. Solo ellos pueden jugar futbol. Las mujeres no tienen la opción, amenos de que venga un profesor y dé la orden de permitirles jugar. Y en el salón de clase, el desempeño académico es evidentemente desigual. Las niñas son, en su gran mayoría, mucho más aplicadas y responsables que los niños. A su vez, muchas veces, son quienes les hacen las tareas a ellos, mientras estos juegan con el celular o están fuera del salón con otros compañeros. Hay una aceptación general del servicio de la mujer al hombre.

Los primeros meses los casos de niñas embarazadas no me dejaban dormir. Ver a chiquitas saliendo de su niñez caminando con su uniforme cargando una barriga me estremecía. El año pasado tuvimos 15 casos. Son 15 niñas cuyas vidas quedaron condicionadas a esas criaturas. Dificultándoles, o a muchas imposibilitándoles la opción de estudiar, de superar sus condiciones socio económicas, la de sus familias y, en general, de tener un proyecto de vida propio. Estos obstáculos no los sienten los niños -u hombres- que embarazaron a estas niñas. Ellos, en cambio, demostraron su masculinidad al “preñarla”. Referirse a un hombre como “ese vale no preña”, es un insulto. Preñar es un acto de dominación, de fuerza, de hombría.

Naturalmente un alto porcentaje de esos embarazos son producto de un abuso. Una mañana de este año encontré a una profesora llorando. Su estudiante, de tercero, le había narrado como había sido violada en su casa. Lloré con ella. Desde el colegio iniciamos la ruta de protección y por ser el victimario un hombre reconocido en la comunidad, el caso terminó siendo un chisme en todo el pueblo. Por primera vez la fiscalía apareció, algo se movió en este pueblo donde nadie ni nada llega, pues no era el primer caso, ni de él, ni en la comunidad.

Después de este caso, empezó un bombardeo de denuncias de abuso, pues se dieron cuenta, por un lado, de que eso de tocar o abusar a las niñas estaba mal y por el otro de que quizás sí pasaba algo si denunciaban. Es tan común que en clase más de una vez he tenido que separar -a la fuerza- a niños de primaria que cogen a niñas para besarlas o tocarlas. De primaria. Algunas veces las niñas solo se quedan quietas, otras los golpean de vuelta.

Ahora, ¿quién soy yo para decirle a los estudiantes qué está bien y qué esta mal? ¿Cuál es mi autoridad para cuestionarles su actuar? ¿Qué tanto es cultural? ¿Qué tanto es ignorancia? En general hay una creencia, por supuesto absolutamente racista, de que los afros son una etnia muy física, corporal y sexual. Los estudiantes incluso tienen un aprendizaje kinestésico y necesitan moverse y usar el cuerpo para expresarse y aprender. Sin embargo, me rehuso a aceptar que ello justifique esos actos. He sido muy cuidadosa, a pesar de mi profunda indignación y tristeza, de no decir ni hacer nada pasionalmente, sino de escuchar. Escuchar para entender las causas y razones profundas de estas situaciones.

El año pasado, con las estudiantes de 10º y 11º empecé haciendo unos talleres fuera del colegio sobre feminismo, educación menstrual y derechos sexuales y reproductivos. Incluso conseguí el apoyo de Bloom Cup, una empresa que nos donó copas menstruales.

Me di cuenta con las niñas, de su desconocimiento frente a su propio cuerpo, su sexualidad y feminidad. Niñas incluso que ya eran mamás. Me hablaron de sus miedos, de los mitos que creían sobre el embarazo, el sexo, el ciclo menstrual y la anatomía femenina. Este espacio les permitió abrirse y hablar con más seguridad. Entendí la necesidad de abrir espacios de diálogo, de escucharlas y de hablarles, no desde un rol de profesora sino de consejera. Desde entonces he buscado espacios dentro y fuera del colegio para empoderarlas, para hablar de feminismo, de aborto, de abuso sexual y de su vulnerabilidad como mujeres jóvenes negras, pero la carga laboral en el colegio, como en la mayoría de los colegios públicos del país, no me ha permitido abrirlos.

Vivir esto, tan cercano, tan crudo y tan real ha revelado muy claramente mis privilegios y cómo, indudablemente, la lucha feminista es diferente para cada grupo poblacional. No por ello menos importante o legítima. Hasta ahora, mis mayores aflicciones habían sido múltiples acosos callejeros y micro machismos incluso difíciles de identificar. Acá, acostumbrada a estar parada en un feminismo privilegiado, he podido pararme en el feminismo urgente, y luchar por temas que a veces desde la capital del país parecen ser ya superados. No lo son. No lo están. Acá lo legitimo porque lo veo y vivo. Y mis mayores aprendizajes del feminismo me los han dado las peladas, que ni siquiera saben bien -aun- qué es el feminismo.  

Quizás ser mujer es la razón por la que estoy acá. Gracias a que soy mujer, no a pesar de serlo, es que mi trabajo acá tiene valor. La isla me ha confirmado, a gritos, que esto del feminismo vale la pena.

*Encuentra aquí la versión del ensayo en Inglés.

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